Las cosas no son como antes

la ilusión de un pasado

o un depósito de sirenas.

Las cosas se repliegan,

hay en ellas  un paisaje marino

y  muertos que nos habitan.

De las piedras surgen los  niños

un coro insensato,

inmaculado y distante

a la manera de una noche celebrada.

Cuerpos

que construyen la barrera de la piel

para amarnos

y por debajo herirnos,

pues  lo único  que somos

es  este vago ardor de estrellas.

Nuestro cielo

se agota en las cosas invisibles

y admira su reflejo

en un espejo entredormido.