como Abraham,

cuando el tiempo se agota y nada cabe ya en sus pequeñas manos, ni las pildoras

camino al sacrificio

haciendo el trayecto de ojos cerrados, silvante...

vertiendo blándamente su sangre propia

dejando un rastro de humo sobre la nieve,

sobre la roca propiciatoria.

Hablando al oido del dios sordo,

le gusta pensar que entiende,

y ciego, absorto en la fallida luminscencia

de la boca entumecida por las hierbas....

de la línea de la niebla

en la que se inscribe, en la que anota,

suspendido en el respiro

es decir: jadeante...

innecesario y cíclico

escasamente vestido

de su piel más amada