El cuerpo es un buen y mal consejero, gran parte de la obra pictoricista o fotográfica sobre la belleza del cuerpo suele terminar en una serie de lugares comunes muy vistos y poco arriesgados; nada habría que reclamerle más a un arte del cuerpo que el que raye en lo convencional.
Por ello la obra del coreano Kim Joon resalta entre una serie de ejercicios exploratorios en la capacidad de convertir algo tan periclitado y kistch como el desnudo y el tatuaje en una fructífera exploración formal de la belleza textural del este objeto asexuado que es el desnudo idealista.

Una de las principales barreras del cuerpo es su profusión, su repetimiento, donde el objeto se vuelve sobre si mismo y en ello se limita a su clonación y derivación más allá e cualquier significación externa. Este acto solipsista del cuerpo humano como paisaje es una de las variaciones de lo monstruosos, espacio íntimo de lo humano.

Una belleza mórbida, una pasión no tanto visual como táctil, ese ojo cuerpo que se regodea en la infinitud de la piel.