La negatividad es buena consejera. los mexicanos no suelen ser autocríticos, como menciona J. Margen en el post anterior, las identidades nacionales suelen identificarse como escudos de positividad sobre cuya superficie bruñida queremos reconocernos. Los principales obstáculos para la evolución suele ser el enamoramiento con nuestras peores cualidades; amamos lo que más nos daña pero que en verdad nunca nos abandonará, aquello por lo cual no es necesario luchar para conservarlo a nuestro lado.
Los mexicanos estamos enamorados de nuestros corruptos, nuestros incompetentes, nuestros sometidores y nuestros abusivos; amamos nuestras taras, ignorancias, perversiones mentales y las inmoralidades que nos hacen mundialmente famosos. La pobredumbre nos es cara, adoramos ser víctimas, esa es quizás la herencia más clara que nos ha dejado la conquista, el exterminio y la violación, como ya lo ha elaborado extensamente Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad. El mito de la mexicanidad se creó sobre una lectura romántica del pasado ancestral, en franca negación de la realidad contingente que significaba el panoráma del México post-colonial.
Esta mexicanidad es nueva, es única y comenzamos a utilizarla sin comprenderla del todo. Nuestros padres fundadores de la patria son en gran medida culpables de negación y dejadez. Implementaron un modelo cultural sin precedentes y encorsetaron a una sociedad informe en un molde cultural inconsistente y falso.
Crearon una cultura flolklorica de formas vacias de valor o contenido tradicional, amalgamaron en una sola esencia ficticia una multiplicidad de sistemas de sentido regional y culturalmente disímbolas e incluso divergentes. Esto llevó al ocultamiento de los principios de realidad que podían explicar el conglomerado de eventos e historias que manifestaba el estado convulso de esa imperfecta Nueva España. El México que surgió de esta invisibilidad es un méxico artificial, una pirámide de ceguera que oculta las ruinas de identidades cercenadas.
El primer paso consiste en abrir los ojos a ese mito y desterrarlo de nuestro imaginario; primero dejar que entre la luz a esta pupila expandida, y después del destello doloroso de la iluminación comenzar a ver poco a poco los restos del naufragio.