La negatividad es buena consejera. los mexicanos no suelen ser autocríticos, como menciona J. Margen en el post anterior, las identidades nacionales suelen identificarse como escudos de positividad sobre cuya superficie bruñida queremos reconocernos. Los principales obstáculos para la evolución suele ser el enamoramiento con nuestras peores cualidades; amamos lo que más nos daña pero que en verdad nunca nos abandonará, aquello por lo cual no es necesario luchar para conservarlo a nuestro lado.
Los mexicanos estamos enamorados de nuestros corruptos, nuestros incompetentes, nuestros sometidores y nuestros abusivos; amamos nuestras taras, ignorancias, perversiones mentales y las inmoralidades que nos hacen mundialmente famosos. La pobredumbre nos es cara, adoramos ser víctimas, esa es quizás la herencia más clara que nos ha dejado la conquista, el exterminio y la violación, como ya lo ha elaborado extensamente Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad. El mito de la mexicanidad se creó sobre una lectura romántica del pasado ancestral, en franca negación de la realidad contingente que significaba el panoráma del México post-colonial.
Esta mexicanidad es nueva, es única y comenzamos a utilizarla sin comprenderla del todo. Nuestros padres fundadores de la patria son en gran medida culpables de negación y dejadez. Implementaron un modelo cultural sin precedentes y encorsetaron a una sociedad informe en un molde cultural inconsistente y falso.
Crearon una cultura flolklorica de formas vacias de valor o contenido tradicional, amalgamaron en una sola esencia ficticia una multiplicidad de sistemas de sentido regional y culturalmente disímbolas e incluso divergentes. Esto llevó al ocultamiento de los principios de realidad que podían explicar el conglomerado de eventos e historias que manifestaba el estado convulso de esa imperfecta Nueva España. El México que surgió de esta invisibilidad es un méxico artificial, una pirámide de ceguera que oculta las ruinas de identidades cercenadas.
El primer paso consiste en abrir los ojos a ese mito y desterrarlo de nuestro imaginario; primero dejar que entre la luz a esta pupila expandida, y después del destello doloroso de la iluminación comenzar a ver poco a poco los restos del naufragio.

Sometimiento a la imagen
jjmargen
2 sep 2008 | 10:35 AM
Yo creo que es interesante introducir en la reflexión identitaria algunos términos de comparación para poder relativizarla. pienso sobre todo en la adhesión religiosa.
¿Por qué nos hemos ido volviendo agnósticos sin apenas traumas? Y digo agnósticos y no ateos o anticlericales, porque en nuestra actitud domina la indiferencia y el apasionamiento ateo y anticlerical nos parece, por un lado, superado y, por otro. porque no resultan igual de doctrinarios los que defendieron estas posturas que la propia Iglesia.
Lo único que me incomoda a mí en este tema es que, como sociedad dirigida por un estado laico, se ha determinado que la religión es algo que pertenece al ámbito de lo privado y nostros como individuos lo hemos aceptado como si esto fuera fruto de una evoulución lógica, pero está claro que es un proceso reversible, más que nada porque muy negadores de la realidad y sobre todo muy necios deberiamos ser, para saber que la religiosidad es un fenómeno público y grupal que no tiene sentido si el individuo que la práctica no la comparte con otros iniciados.
Yo me digo porque de verdad me lo creo, no soy creyente, no soy nacionalista, de verdad, es que no me hace falta serlo, pero sé que en mi fuero interno tengo un alien dormitando.
Cuauhtémoc R.S.
22 sep 2008 | 06:08 PM
publicado hoy en Milenio Diario
http://www.milenio.com/node/83132