La Coctelera

irradiación

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Categoría: Especular

Deseamos olvidar el dolor, pasar por él, pasar de él, pero hay una memoria del dolor mucho más afinada que la memoria del placer, uno puede recordar el dolor y tener una resonancia física, un escalosfrio; pero el placer es más sutil, es más ciego, requiere más elementos de memoria, más conexiones neuronales para activarse (supongo) porque su recuerdo es lento, se alarga, se retarda, mientras que la contracción muscular del dolor es instantánea. Uno busca el éxtasis del orgasmo y este requiere el trabajo consciente de su contrucción, es siempre nuevo y complejo.  Sin embargo el dolor llega en su plenitud, inesperadamente.

Quizas quienes se falgelan, los masoquistas, experimentan la inmediatez como placer, los otros, los cobardes, somos proclives a la espera.

de mente infantil

puedo afirmar a estas alturas
que no he descendido por la boca
en las entrañas, ni por esófagos

todo lo que he expulsado ha sido
la acción de un día, lo imperturbante
lo necesario

nadie debiera sentirse ofendido

no se de lo que hablo, no digo lo que he hecho
no miento, no olvido

en lo que he sido me encuentro
como el primer día a la puerta de un colegio
extraviado

no vengo a contar historias
no espero que me comprendan

ya todo era bastante extraño antes de mi

y si te observo fijamente
es solo porque no eres demasiado opaco
pues te atraviesa la sombra de un espacio
que todo lo curva

allá va mi memoria, lejos
adiestrando mis primeras impresiones

borrando huellas

derritiendo en abril
las pistas del hielo

baja por la cabeza
cosquillea como insecto
maligno
serpentea y se enrosca

huele a rosas

y sangra

una aguja entre los muslos
como en la iglesia
infecta tu alma de santidad sesgada

deseo ver
desde la postura mas falible
los trozos de tu figura

en tono continuo

sin abruptas oquedades

o cubierto por enésimos dobleces
del atuendo de oficiante

Antioquia

de tierra y tiempo se construyen

las historias abandonadas

quiero el sol inerme
y la luz inconfesable

sè que en el corazón de la mañana no anida la aurora
ese accidente afortunado e ilusorio

antes va lo que de noche viene
una plegaria de luz anónima

la sombra simétrica al destello

bajo la balanza monocorde
se mide un peso en fuga
la niebla espesa da de frente
a la distancia

tengo este sabor bucal
de las cifras negadas
del oro falso
y el infiel de la balanza

a lo lejos el fuego ilumina
con carmines
lo que de cerca es negro humo

baja el silencio

las cifras desvanecen el rostro de los raptores

la misma frase, la cuenta de las horas en espera

hasta no significar nada

ser sin ausencia


En The Body as a Matrix: Matthew Barney's Cremaster Cycle. se percibe al artista tremendamente confundido al momento de comentar su propia creación. Autor de un complejísimo ciclo de instalaciones escultóricas y superproducciones cinematográficas, su incapacidad para articular un discurso fluido sobre el significado y sentido de sus propias creaciones se antoja, por lo menos, sospechoso. Sobre todo porque ninguno de los entrevistados, todos intimamente involucrados en la producción de las piezas, son capaces de dar una explicación, siquiera personal, del asunto.
En Art Safari: Matthew Barney, otro documental sobre el autor y la serie, la productora confiesa que hay un acuerdo con Barney de no hablar de significados. La oscuridad simbólica y el voto de secrecía que rodea a la obra es parte del "aura" del arte contemporáneo.
La obra de Barney es pletórica en referencias al simbolísmo místico, hermético y franmasónico. Si los involucrados no hablan sobre sus significados solo queda suponer que son miembros de un culto o escuela iniciática y que no pueden revelar las enseñanzas implicitas.
La existencia de cultos secretos en los gremios artísticos es antigua como las civilizaciones; lo interesante en la obra de Barney es que, a diferencia de sus antecesores, el ocultismo era una consecuencia; no la finalidad misma de la obra. Barney ha construido un arte sacro cuya iglesia es el museo.

Jeff Wall / Double self protrait 1979

Observe la imagen de arriba: El artista se retrata hace casi 30 años, es un autor joven y apenas comenzando a ser reconocido a nivel local. La composición es extraña, las figuras se recortan en la coyuntura de los tobillos, una aberración para cualquier sistema compositivo, el pictorico, el fotográfico y el cinematográfico; se ha cuidado la iluminación para proporcionar una luz ambiental uniforme en las figuras pero no se han evitado las sombras múltiples sobrel el muro. Hay un aparente descuido en los elementos; un sillón viejo cubierto por un fieltro arrugado, el personaje doble parece haber sido fotografiado a disgusto, sin embargo es un falso disgusto puesto que él mismo ha ideado y planeado la toma conciensudamente, se ha tomado la molestia incluso de cambiarse de ropa. El cuarto esta aprentemente vacío, el centro visual de la imagen lo acupa una silla de diseño geométrico de círculos concentricos, el autor-personaje la ofrece,displicente, a la persona detrás de la cámara; ¿para qué? las miradas se cruzan inquisitivamente en la mirada del espectador ¿qué demonios espera para sentarse en esta silla incómoda, en medio de un cuarto desnudo, vulgar, escoltado por la duplicación antipática del artista juzgando la demora o la resistencia del espectador? Aparentemente lo único que ofrece este autor es un juicio anticipado de la incapacidad del observador de participar efectivamente en el montaje que con tanto esfuerzo a elaborado para su admiración.

El trabajo reciente de Jeff Wall se exhibe en el Museo Tamayo en la Ciudad de México, en la mentalidad del curador y el publicista el atractivo de su obra radica en la extraordinaria inversión de recursos profesionales implicada en la producción de imágenes aparentemente anodinas.
No se muestra lo más aparotoso y reconocido de la obra del artista, aquellas imagenes por las cuales fué reconocido como autor de escenarios imposibles; las simulaciones de trincheras de la guerra de los balcanes donde una maraña de soldados se batian en plena masacre; sino por una serie de montajes semidocumentales en cajas de luz que ofrecen escenas cotidianas reactuadas sugerentes de una cierta poesía.
Las obras de Wall, pese a la cantidad de textos que pueda generar en torno a su concepción de la fotografía y la imagen, resultan áridas. Si el propósito implícito de cuestionar la validez del documento fotográfico frente a su función ficcional, el argumento se agota en la primera confesión del proceso; si el asunto es recurrir al doble discurso realidad ficción como suplemento retórico de la obra fotográfica, lo suyo es indistinguible de cualquier fotografía casual o montaje precedente.
Wall asume su fotografía como un avance o una continuación de la pintura, no tiene empacho en citar a Velazquez, Delacroix o a Cezane al referirse a sus propias preocupaciones en torno a la luz o la composición, a la puesta en escena como representación pictórica, al control de la iluminación, al asunto o al tratamiento; entre otras cuestiones. Confiesa estar orientado hacia el propósito de reproducir con precisión realista algo previamente visto en lo cotidiano.
Si este es un avance sobre el pictoricismo clasico, donde la fotografía trataba de reproducir las calidades de las técnicas artesanales, imitando las composiciones y los efectos del claroscuro, e incluso las temáticas de las pinturas del periodo romántico y victoriano; o una actualización de la escuela realista francesa, en el sentido en que retoma a la realidad como representación verídica; es, a mi manera de ver, una discusión intrascendente. Lo importante en todo caso es entender porqué una obra tan soporifera puede merecer la atención que el aparato curatorial y museografico o del espactador mismo; y cómo los estudios culturales como disciplna a contramano entre las ciencias sociales y la práctica de las artes plásticas se apropian de los discursos clásicos de la pintura y deconstruyen lo visual en un simulacro de la imagen artística.
Hay una operación de contínua falsificación de la imagen que habita en el corazón del circuito autoritario de la institución museística, dónde el estudioso se hace pasar por artista y el discurso cultural por obra pictórica.
La fotografía de Wall no carece totalmente de interés, pero demanda que este sea depositado por el espectador, el cuál deberá aportar tanta información como la que el autor ha reunido para generar su compleja trama y sortear un intrincado sistema de referencias cultuales para descifrar el sentido útimo del experimento.
Desde el autorretrato del 79 el artista ha marcado las reglas para su observación: él no hará ningún esfuerzo como no sea duplicarse o copiar algo, uno deberá ubicarse en el asiento estrecho de la interpretación dispuesto para el entendimiento de la hipótesis generativa e historicista de la obra, estando en todo momento sometido a juicio por la mirada del artista-teórico. Claro, queda abierta una puerta para abandonar la imagen, pero esta está fuera de la escena y de este ejercicio visual.

Avanzar en sí

Uno se dice a si mismo

todo el tiempo lo mismo

lo que sea
como sea

sea:mar

sea lo que se dice
el mar de las palabras

nada que se diga será
otra cosa que sus sonido fundido en el habla

imprecisa

insonora, oséa, lo inaudible o lo innombrable

uno se dice nada
y al fin de cuentas eso es todo

lo mismo

de nuevo