Jeff Wall / Double self protrait 1979
Observe la imagen de arriba: El artista se retrata hace casi 30 años, es un autor joven y apenas comenzando a ser reconocido a nivel local. La composición es extraña, las figuras se recortan en la coyuntura de los tobillos, una aberración para cualquier sistema compositivo, el pictorico, el fotográfico y el cinematográfico; se ha cuidado la iluminación para proporcionar una luz ambiental uniforme en las figuras pero no se han evitado las sombras múltiples sobrel el muro. Hay un aparente descuido en los elementos; un sillón viejo cubierto por un fieltro arrugado, el personaje doble parece haber sido fotografiado a disgusto, sin embargo es un falso disgusto puesto que él mismo ha ideado y planeado la toma conciensudamente, se ha tomado la molestia incluso de cambiarse de ropa. El cuarto esta aprentemente vacío, el centro visual de la imagen lo acupa una silla de diseño geométrico de círculos concentricos, el autor-personaje la ofrece,displicente, a la persona detrás de la cámara; ¿para qué? las miradas se cruzan inquisitivamente en la mirada del espectador ¿qué demonios espera para sentarse en esta silla incómoda, en medio de un cuarto desnudo, vulgar, escoltado por la duplicación antipática del artista juzgando la demora o la resistencia del espectador? Aparentemente lo único que ofrece este autor es un juicio anticipado de la incapacidad del observador de participar efectivamente en el montaje que con tanto esfuerzo a elaborado para su admiración.
El trabajo reciente de Jeff Wall se exhibe en el Museo Tamayo en la Ciudad de México, en la mentalidad del curador y el publicista el atractivo de su obra radica en la extraordinaria inversión de recursos profesionales implicada en la producción de imágenes aparentemente anodinas.
No se muestra lo más aparotoso y reconocido de la obra del artista, aquellas imagenes por las cuales fué reconocido como autor de escenarios imposibles; las simulaciones de trincheras de la guerra de los balcanes donde una maraña de soldados se batian en plena masacre; sino por una serie de montajes semidocumentales en cajas de luz que ofrecen escenas cotidianas reactuadas sugerentes de una cierta poesía.
Las obras de Wall, pese a la cantidad de textos que pueda generar en torno a su concepción de la fotografía y la imagen, resultan áridas. Si el propósito implícito de cuestionar la validez del documento fotográfico frente a su función ficcional, el argumento se agota en la primera confesión del proceso; si el asunto es recurrir al doble discurso realidad ficción como suplemento retórico de la obra fotográfica, lo suyo es indistinguible de cualquier fotografía casual o montaje precedente.
Wall asume su fotografía como un avance o una continuación de la pintura, no tiene empacho en citar a Velazquez, Delacroix o a Cezane al referirse a sus propias preocupaciones en torno a la luz o la composición, a la puesta en escena como representación pictórica, al control de la iluminación, al asunto o al tratamiento; entre otras cuestiones. Confiesa estar orientado hacia el propósito de reproducir con precisión realista algo previamente visto en lo cotidiano.
Si este es un avance sobre el pictoricismo clasico, donde la fotografía trataba de reproducir las calidades de las técnicas artesanales, imitando las composiciones y los efectos del claroscuro, e incluso las temáticas de las pinturas del periodo romántico y victoriano; o una actualización de la escuela realista francesa, en el sentido en que retoma a la realidad como representación verídica; es, a mi manera de ver, una discusión intrascendente. Lo importante en todo caso es entender porqué una obra tan soporifera puede merecer la atención que el aparato curatorial y museografico o del espactador mismo; y cómo los estudios culturales como disciplna a contramano entre las ciencias sociales y la práctica de las artes plásticas se apropian de los discursos clásicos de la pintura y deconstruyen lo visual en un simulacro de la imagen artística.
Hay una operación de contínua falsificación de la imagen que habita en el corazón del circuito autoritario de la institución museística, dónde el estudioso se hace pasar por artista y el discurso cultural por obra pictórica.
La fotografía de Wall no carece totalmente de interés, pero demanda que este sea depositado por el espectador, el cuál deberá aportar tanta información como la que el autor ha reunido para generar su compleja trama y sortear un intrincado sistema de referencias cultuales para descifrar el sentido útimo del experimento.
Desde el autorretrato del 79 el artista ha marcado las reglas para su observación: él no hará ningún esfuerzo como no sea duplicarse o copiar algo, uno deberá ubicarse en el asiento estrecho de la interpretación dispuesto para el entendimiento de la hipótesis generativa e historicista de la obra, estando en todo momento sometido a juicio por la mirada del artista-teórico. Claro, queda abierta una puerta para abandonar la imagen, pero esta está fuera de la escena y de este ejercicio visual.